El miedo al fracaso

Hace meses ya que me embarqué en mi nueva aventura profesional. Algunos me llaman emprendedora, otros empresaria, otros autónoma con glamour, algunos (los menos) loca… El caso es que un buen día decidí que quería ser mi propia jefa, que no quería esperar a que otros decidieran por mí mi futuro, y me lancé de cabeza a este proyecto.
 
Desde el inicio, y ya que soy una de las figuras de moda, esos emprendedores, comencé a mirar a mi alrededor y observar lo que pasaba en España. Parece ser que en España no se emprende porque no hay gente con ideas que llevar a cabo, porque todos los jóvenes quieren ser funcionarios y que en otros países se emprende mucho más que aquí porque en el extranjero se tiene más facilidad para emprender. Y yo discrepo en todo, salvo, quizás, sobre la última afirmación, que esa sí que es cierta.
 

Muchos creen que en España no se emprende porque es caro, y es verdad que en comparación con otros países, lo es. Otros piensan que es porque no se ayuda suficientemente desde las Instituciones a esos pobrecitos emprendedores, pero que cuando se apruebe esa famosa ley para favorecernos, todos nuestros males se van a acabar. Y yo opino que en España hay muchísima gente con grandes ideas, que muchos jóvenes tienen un gran carácter emprendedor, y que los costes de iniciar la actividad no son tan determinantes a la hora de dar el gran paso, sino que no se emprende porque la mayoría de españoles están paralizados por el miedo al fracaso.
 
Cuando el proyecto en el que has puesto toda tu ilusión y esfuerzo fracasa, te toca asumir las consecuencias de dicho fracaso. Consecuencias que son por un lado económicas y por otro sociales. Vemos, en primer lugar, las consecuencias económicas que tiene para un emprendedor dicho fracaso.
 
Los emprendedores generalmente inician su actividad bien como autónomos, opción usada cuando se trata de un proyecto individual, o bien constituyendo una sociedad limitada, cuando intervienen varios socios. Con independencia de la forma jurídica elegida, el emprendedor responderá con el total de su patrimonio en caso de que su empresa no vaya bien y tenga que cerrar sus puertas. Es decir, que tras sacrificarse, trabajar de sol a sol, no tener vacaciones y ver reducidos sus fines de semana a la mínima expresión, y, en definitiva, poner todas sus energías en el nuevo negocio, no sólo puede que no se vea compensado su esfuerzo ganando algo de dinero, sino que se expone a perder los fondos invertidos en la empresa y pone en riesgo todo su patrimonio anterior y futuro. Así que es entendible que muchos se asusten ante semejante riesgo, y prefieran trabajar por cuenta ajena, abandonando por el camino proyectos que podrían haber sido un gran éxito. Perciben un riesgo mucho mayor que los posibles beneficios a obtener, y, por tanto, prefieren no emprender.
 
Pero, como ya dije anteriormente, las consecuencias no son sólo económicas, sino también sociales. Cuando fracasa tu proyecto empresarial, socialmente quedas marcado, estigmatizado. A partir de ese momento serás conocido como aquel que fracasó, aquel que hundió la empresa, aquel que no es de confianza porque todo lo que toca lo destroza. Esa visión tan negativa de tu fracaso hará que te avergüences de tu proyecto, que no seas capaz de reconocer tu error ante tus amigos y familiares, y que hasta mientas para intentar tapar tu error, y, en consecuencia, sea poco probable que repitas la experiencia. ¡Ay, cuánto me gustaría que en nuestra sociedad se viera el fracaso como lo hacen en los USA!. Allí se premia ante todo la iniciativa. Si tienes una idea, ponla en marcha. Y si fracasas, no pasa nada, porque dicho fracaso te habrá enseñado una buena lección y la próxima vez que lo intentes estarás más preparado para el éxito. Aquí el fracaso te marca de por vida y condiciona el resto de tu carrera profesional. En USA es simplemente un paso más en la escalera hacia el éxito, y no tiene apenas consecuencias sociales negativas. Una diferencia abismal.
 
A la vista de las consecuencias tan desfavorables que tenemos que enfrentar los emprendedores de este país ante el fracaso, no es de extrañar que nuestra tasa de emprendimiento sea tan baja. Tenemos mucho que mejorar en este aspecto en España. Primero, sería fantástico que se reconociera realmente la responsabilidad limitada, y que no quedara como meramente un concepto teórico que en la práctica no se da. Y segundo, ahora que tanto se habla de fomentar desde los colegios y Universidades el emprendimiento, quisiera que se fomentara un cambio de mentalidad que permitiera que, con el tiempo, no se viera de forma tan negativa los fracasos, sino que se animara a aquellos que se han caído por el camino a que se vuelvan a levantar y continúen por la senda que han elegido.
 
Desde aquí quiero animar a todos aquellos emprendedores que ahora mismo están dándole vueltas a la idea de ponerse por su cuenta. Para terminar este post, van para vosotros tres frases que yo me repito continuamente:
  • Es mejor intentarlo y fracasar, que lamentarse por no haberlo intentado nunca.
  • ¿Quién dijo miedo habiendo hospitales?
Y por último:
  • ¡A por ellos, que son pocos y cobardes!
Publicado en Mis Posts.

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